Piececita de orillas lijadas.
Me sentí extranjera cuando después de una semana extrañaba a muerte la comida mexicana y pedí unas enchiladas. La mesera me trajo un platillo extraño, sin picante y con abundante queso amarillo. Mi panza hizo una carita triste pero me las comí. Me sentí foránea y pequeña cuando vi por primera vez en vivo edificios tan altos, carreteras anchas llenas de coches nuevos que iban a una velocidad constante; parecía una escena de videojuego en la que yo era espectadora. Por supuesto me sentí muy vulnerable cuando me perdí, y no sabía ni decir claramente I got lost. ¿Cómo que conseguí perderme? ¡Vaya meta! I got it, I got it. Se me hacía tan ilógico ese idioma… Qué árboles tan enormes, qué oscuridad tan negra, que angosta y curveada esa carretera, qué miedo tocar en alguna de esas casas…
Qué melancolía por el chile, la tortilla, los mercados, la comida barata y siempre sabrosa, no de Tacobell; qué nostalgia: los amigos y la familia… el dominio del pequeño mundo que cobija. Esto es tan obvio y tan gastado…
Pero un día ser extranjera era tan cómodo… vivir ahí y disfrutarlo, pero no estar para siempre; no ser semiextranjera. Eso sí que es sufrido. –decía yo. Ser a medias, estar a medias, no ser ni de aquí ni de allá. Carolina, Gabriel, Fernando… siempre pensando en el racismo, a la defensiva; sintiéndose así, orgullosos y anhelantes de unas raíces latinas que en el reencuentro son decepcionantes, porque las habían idealizado. En realidad ellos se frustran y se maravillan ante este nuestro mundo normal, exactamente igual que un 100% gringou.
Grace, mi simpática Chinese-American con una abuela que habla en chino, literalmente, y que le retira la palabra por andar con un bombero americano-sajón, a quien no le entra en la cabeza que su novia no se oponga, y en lugar de hacerlo, baje la cabeza en una señal de respeto incomprensible para él.
¡Mejor extranjera completa!
Ser extranjera significa tener hogar, un lugar a donde ir; uno en donde las medidas contra el terrorismo se reducen a una rápida, y dudosamente efectiva, revisión de maletas; donde no se tiene uno que quitar los zapatos o contestar preguntas tontas, e ir por delante en las revisiones por no ser de ahí.
Sí, el hogar… uno de bella arquitectura, de colores terrosos y brillantes contrastados; de fuentes abundantes y siempre encendidas; hogar de luz ámbar de atardecer; de postes con lámparas de bolita y campanadas de concierto; de plazas bulliciosas, de música amontonada; de rehiletes y globos coloridos; uno donde el cielo siempre se ve, porque no tenemos esos edificios alienantes y presuntuosos que tapen la luz del sol; ni esas semialtas viejas, y ciertamente hermosas, construcciones cachurecas europeas, cansadas después de un rato… En mi hogar siempre se ve el sol, siempre la luz.
Nada como el equilibrio de Latinoamérica, no somos una modernidad vacía de historia; tampoco somos pura historia. Somos la mágica mezcla de lo ilógico, lo contradictorio, lo opuesto, el realismo mágico en persona; nuestra realidad sincrética es un verdadero poema visual, olfativo, sonoro… Un mundo en el que nos enseñamos a tener una convivencia pacífica con el caos, liberadora.
¡Pero qué es esto! ¿No estoy retratando el México que fotografían los gringos? ¿Qué me ha pasado? ¿Cómo es que me he enseñado a odiar apasionadamente a los choferes de autobús? ¿A no creer que nadie diga nada a pesar de que arranquen sin consideraciones de las señoras con niños o bajen a los usuarios y se vayan cuando éstos todavía tienen un pie en el autobús? ¿A no tolerar que se paren en donde sea, aunque se hayan parado 15 metros antes y a que no les importe parar el tráfico? ¿Qué pasa que no entiendo por qué sigue habiendo colas en los bancos y por qué la gente se cuela? ¿O por qué son tantas mis ganas de fulminar a todo aquel hombre que me revise de arriba abajo, si muestro mi cuerpo porque lo hago y si no, por qué me imagina? ¿Por qué me molesta que no reciclemos porque es caro pero sí podamos pagar que pase el camión de la basura todos los días?
Multicultural, dijo Carolina una vez; una definición académica que suena a ser interesante, complejo y abierto, ¡qué estatus! muy bien, hasta parece que pudiera ser real. Malinchista, diría alguno que otro compatriota; quejumbrosa diría mi mamá; niña chiqueada, mi mejor amigo…
Yo sólo me siento como una piececita de rompecabezas a la que le limaron las orillas. No quiero volverme frustrada, criticona, amargosa. Pero tampoco quiero callar. Tengo el mismo derecho a ver y a criticar que los que no se han ido. Quiero pertenecer, en realidad, pertenecerme a mí, donde sea; no depender del lugar… “Ser en el mundo y a la vez en el universo, donde las coordenadas no son espacio-temporales” como dijo Raúl.

Escribe un comentario