El verdadero significado de “frontera”.
Conocí a Doña Juana mientras esperaba afuera de la Embajada de Estados Unidos en la ciudad de México. Al principio no me cayó bien porque se puso adelante en la fila. Todo mundo quiere entrar tan pronto como pueda después de permanecer dos horas y media en el viento frío de la mañana.
Luego ella me pidió ayuda. Después de explicarle varias veces el proceso, me di cuenta de que no sabía leer. Nos sentamos juntas a esperar nuestros turnos: 8072 y 8073. Le ayudé a quitarse los aretes antes de tomarse la foto porque no se puede traer nada en la cara o en la frente. Mientras esperábamos, me contó su situación y me mostró sus documentos, me preguntaba qué decirle al cónsul. Me sentí tan conmovida por la manera en la que confió en mí… ella estaba a punto de llorar.
-No quiero ir a ese lugar, señorita. Es sólo que todos mis hijos, menos uno, están allá. Se fueron hace 9 años y no han venido. Dicen que no pueden… ¿cómo me va a gustar si ellos me abandonaron pa’irse?-
Sus hermanos y casi toda su familia está allá, me dijo. Su madre va y viene. Le hicieron una cirugía gracias a que la hermana de Doña Juana ya es ciudadana americana. A la madre tampoco le gusta el lugar, pero –se puede comprar una pechuga de pollo por menos de un dólar- le dijo a Juana.
Esta vez yo no estaba nerviosa como las veces anteriores cuando había ido a renovar mi visa. Quizá porque ahora no determinaba mi vida. Ya no regresaba a vivir a Estados Unidos. La había renovado tres veces en cuatro años y siempre me decían lo mismo: ¿estudiante? ¿profesora de intercambio cultural?
- Bienvenida… (y sin preguntas me decían…) recibirá su visa en cinco días.
Mi turno sonó. Me tocó la ventanilla 27 y a Doña Juana la 28.
- ¿A dónde va?
- A Los Angeles y a San Diego.
- Muéstreme su cuenta bancaria y sus recibos de nómina.
En los dos o tres minutos en los que el cónsul revisó mi información yo pensaba que mi salario no era muy bueno, pero que cuando me preguntara, le enseñaría la carta en la que yo había renunciado, viendo que no me habían “regresado” ellos, seguro me la daría. Mi cuenta aquí tenía muy poco, pero al menos en la de Estados Unidos tenía ahorros que mostraban que podía pagar el viaje. No tanto como la cuenta con 200 mil pesos de Doña Juana, pero serviría…
- ¿Cuándo regresó?
- Hace cinco meses.
El cónsul simplemente me pasó mi pasaporte bajo la vitrina.
- Espere, ¿puedo explicarle algo?
- Lea la carta, me dijo con tono cortante.
“Usted no puede probar que tiene lazos familiares o económicos que la hagan regresar”… decía la carta.
¿Qué! ¿Acaso este hombre tiene poderes para saber sin preguntarme? ¿Está tan seguro de que mi país no tiene nada que ofrecerme en comparación con el suyo? ¿Qué sabe de “mis lazos familiares”? ¡Qué frustración! Me habían tratatado en mi propio país con una actitud para la cual ni siquiera tenía adjetivo. Sin dejarme mostrar algo que podía perfectamente probar. Salí y me senté a llorar. Como coincidencia, estaba frente al Angel de la Independencia. Lloré mucho. Me sentía frustrada, humillada y triste.
Mi caso no era importante, Doña Juana no podía ver a su familia desde hace nueve años, pero era mi propio drama. Los últimos años de mi vida, había pasado más tiempo en su país que en el mío. Amo verdaderamente el océano en San Diego, los primeros días de nieve en Kalamazoo, a Bryan, Jess, John, Mercedes, Kevin, Marian, Gema, Sandra, Eiko, Craig… Era como ser “corrida” de una casa que no era mía. La casa que renté por cuatro años, en la cual había vivido algunos de los momentos más importantes de mi vida, en la cual me volví más fuerte y aprendí a ser independiente, el lugar en el cual me construí como mujer.
Éste es el verdadero significado de “frontera”. Lloro porque el mundo al cual yo he decidido pertenecer, no tiene fronteras. Puedo ir y venir, puedo adaptarme a pesar de los conflictos que implica. La frontera no es la línea en Tijuana, ni la indignación cuando uno ve las diferencias entre esta ciudad y San Diego; tampoco la emoción de poder estar en dos países y vivir sus realidades en el mismo día. La frontera es pertenecer a un país “de tercer mundo”, en el que “todo mundo quiere salir”. ¿Me habrían tratado así si fuera ciudadana europea? No, ellos ni siquiera necesitan visa para entrar a Estados Unidos.
Después de tanto llorar, caminé en el metro. Me di cuenta que hay una estación con cuarenta librerías, me compré dos libros para consolarme, como un niño se consuela con un helado. Me quedé observando. El metro es uno de los lugares en los que puedo estar entre tanta gente, parece que estuviera viendo una película de la vida. Más de seis millones al día viajan por él.
-Any problem? – me preguntó ¡en inglés! un hombre, mientras buscaba hacia dónde ir.
Pasé el resto del día con Inti, mi dulce amiga, mi hermanilla… La conozco desde hace diez años y durante mi estancia en Estados Unidos, la veía sólo una o dos veces al año, dos o tres horas antes de tomar un avión.
Estoy aquí, pasando momentos frustrantes por el “choque cultural de reingreso”. Así se llama teóricamente ¡ja!. Nunca quise sentir que ya no pertenecía a mi país, por eso regresé “a tiempo”. Pero ahora descubro que nunca perteneceré a él de la misma manera que antes… de todos modos, lo importante es pertenecerme a mí misma, seguir entendiendo, hasta no dudarlo más, que el hogar se lleva puesto.





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